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Entrevista con L.E. Benítez

Llega Madagascar

L.E. Benítez es prolífico escritor que cuenta con 24 títulos como poeta, dramaturgo y ensayista publicados en Argentina, Chile, Estados Unidos, Venezuela, México, y España, entre otros. Por primera vez publica una novela con Editorial Vestales: Madagascar se ofrece al público como una historia de aventuras cuyos ejes principales transcurren a través de temáticas políticas y filosóficas: un Estado alternativo con hombres libres que disputa y cuestiona las concepciones que, ya desde el siglo XVII y hasta nuestra actualidad, han determinado que las sociedades sean, básicamente, desiguales.

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¿Cómo llegó a tu vida la escritura?

Comencé a escribir cuentos, muy malos por cierto, a los 13 años. Con uno de ellos, titulado “La Rata Verde”, gané un concurso escolar y el premio era un libro a elección. Yo opté por El Libro de las Tierras Vírgenes, de Joseph Rudyard Kipling, autor que me fascinaba desde antes. Era yo un niño muy lector: en la biblioteca de la escuela primaria, la bibliotecaria no me creía que leía todos los libros que pedía prestados y me exigía un resumen de cada uno de los que había solicitado antes de prestarme otros. Finalmente dejó de hacerlo y todavía recuerdo su expresión de asombro. Mis lecturas eran muy variadas, no solo consistían en libros infantiles. Además leía textos sobre ciencias naturales (una de mis aficiones primeras y que todavía conservo), geografía, historia, mitología… Luego comencé con la ficción, novelas y cuentos para adultos. Leí La Metamorfosis, de Franz Kafka, a los 12 años y no sé si comprendí todo lo que contenía, pero me causó una impresión grandísima. Creo que a partir de mis lecturas comencé a pensar en escribir y que uno lo hace para acceder a los libros que busca en los estantes y no encuentra en ellos. Escribimos los libros que nos gustaría leer. Continué escribiendo relatos cortos durante mi adolescencia, pero pronto comencé a interesarme en la poesía, leyendo autores españoles del Siglo de Oro: Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, sor Juana Inés de la Cruz. Pero la gran revelación poética para mí y aquel autor que más me influyó fue el gran poeta galés Dylan Thomas. Mi primer libro publicado, en 1980, fue de poesía: Poemas de la Tierra y la Memoria, cuando contaba yo 23 años y en él se ve muy clara la huella de Thomas. En paralelo, continuaba escribiendo cuentos, pero seguían inéditos.

 ¿Quiénes fueron tus mayores influencias?

En prosa y en mis inicios, Alexandre Dumas padre: me leí toda la saga de los Tres Mosqueteros, desde el libro primero hasta los tomos del Visconde de Bragelonne, luego seguí con otras obras del gran Dumas y algo creo que quedó en mis trabajos. Todo lo publicado por Jules Verne, Emilio Salgari, Walter Scott, Harold Foster; ellos marcaron mi interés por los libros de aventuras desde temprano y dejaron su impronta, que asimilé como pude. Continué con Joseph Conrad, Herman Melville,  Robert Louis Stevenson,  Ambrose Bierce, Daniel Defoe, Marc Twain, Edgar Allan Poe, François Rabelais, Jack London, James Fenimore Cooper, Thomas de Quincey,  Bram Stoker, Howard Philip Lovecraft (en Madagascar le hago un pequeño homenaje, pues un supuesto ancestro del maestro de Nueva Inglaterra es socio del capitán Thomas Taylor, uno de los coprotagonistas de mi libro),  Charles Dickens, Nathaniel Hawthorne, O. Henry, muy luego don Arturo Pérez-Reverte… por citar algunos. Con ellos aprendí a escribir y estoy en deuda para siempre. Es que los chicos de entonces, en los ’60-’70, aprendíamos geografía con Salgari, historia con Dumas y otros. Una avalancha de datos, pero además el arte de hacer de un texto algo que interese al lector página tras página. La palabra “ameno” no es una mala palabra, sino un componente fundamental de un texto literario. Los citados eran maestros  en ese arte sutil de darle al lector lo que busca al abrir un libro y sostener su interés hasta la última página, amén de brindarle auténtica y muy genuina literatura. Al escribir mis propias historias, traté de no olvidarme de esa lección fundamental.

¿Tenés un lugar específico para escribir? ¿Algún horario en particular? ¿Escuchas música?

No. Pero tiene que ser un sitio bajo techo y no tiene que haber nadie alrededor. Nada puedo escribir al aire libre, por ejemplo en una plaza, y tampoco en un bar, pues en ámbitos como esos todo me distrae. Eso sí, necesito además de la computadora cigarrillos rubios, café negro y whisky escocés. Son el combustible y lo demás trato de ponerlo yo. Escribo todos los días, rigurosamente, desde hace décadas. Especialmente en el caso de la novela, es fundamental hacerlo todos los días, disciplinadamente. La receta es sencilla, para quienes se inquietan con eso de escribir un texto extenso: “hijo, comienza a escribir una página buena, solo una, el primer día del año, sigue haciéndolo cada día, y para Navidad tendrás sobre tu escritorio el primer borrador de una novela de casi 400 páginas”. Después, a corregir ferozmente y sin encariñarte con ningún personaje o párrafo en particular. Hay que ser indulgente con los demás autores e inflexible con uno mismo.

 En Breve historia de la poesía argentina señalas que el poema debe ser atravesado por cinco lecturas para ser considerado bueno o malo: la corriente poética en la que intenta inscribirse, el grado de coherencia respecto del canon, el desarrollo del discurso textual, etc. ¿Qué pensas en el caso de la novela?

Estimo que mi criterio acerca de la poesía puede ser aplicado perfectamente a la novela, en caso de que, además de gozar como cualquier otro lector de una buena prosa (una de las formas de la felicidad), asimismo deseemos establecer su ubicación en el universo de lo literario y sus quilates específicos. Es algo trabajoso, que implica tiempo y muchas lecturas previas, una formación ya adquirida, no necesariamente académica, pero se trata asimismo de un ejercicio muy beneficioso para el autor, pues a la hora de evaluar sus propia obra, sin mentirse para abajo ni para arriba, sabrá establecer honestamente dónde se ubica lo que él hace. Y ello, definitivamente, contribuirá a que sus trabajos posteriores intenten al menos ser mejores que los pretéritos.

Sos ensayista, sos poeta de larga trayectoria. Ahora nos anoticiamos con una sorpresa: tu primer libro publicado por Editorial Vestales. ¿Qué nos podés decir de Madagascar?

Sin falsas modestias, creo que es de lo mejor que he escrito. Con otras obras tanto poéticas como ensayísticas o narrativas, me sucede al releerlas que me dijo: “fíjate, muchacho, que esto lo podías haber hecho un poco mejor; que aquí exageraste un poquito la nota, que este personaje no te ha salido muy verosímil o que esta escena estorba a la estructura general, etc.”, cosas por el estilo. En vez, con Madagascar sí que siento aquello que mencioné al comienzo, acerca de que uno trata de escribir los libros que le gustaría leer. Me hubiese encantado leer Madagascar a mis 16, a mis 20, a mis 40 años. ¿Por qué? Pues, porque creo que esta novela cumple y muy bien con las lecciones de mis maestros, los ya mencionados: creo firmemente que mi novela induce a ser leída, invita al lector a seguir recorriendo sus páginas y le hace desear que no termine, lo que me sucedía a mí al recorrer capítulos a mi criterio memorables.  Los maestros son inigualables, pero nos brindan una medida de comparación para nuestras propias obras y cuanto más nos aproximemos a ellos, tanto mejor para nosotros y tanto mejor para los lectores. Creo haberlo logrado de modo más acabado con Madagascar que con cualquier otra de mis obras y que felizmente esté editada mi novela y puedan acceder a ella los lectores, es una satisfacción que me llena de alegría, una alegría que puedo ahora compartir con los lectores. Ojalá ellos, al leer Madagascar, obtengan un placer similar, lo más parecido que sea posible, al que yo sentí al escribirla.

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¿Cómo concebiste la trama en ese período histórico?

Todo comenzó leyendo A General History of the Robberies and Murders of the Most Notorious Pyrates (Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas), un tratado firmado por cierto supuesto capitán Charles Johnson, cuya identidad se sospecha que corresponde a uno de mis guías literarios, el ya mencionado Defoe. Es prácticamente la única fuente conocida de la historia de Libertatia, la colonia igualitaria asentada por los gentiles hombres de fortuna del  navío Victoire, a fines del siglo XVII, en Madagascar. La historia, real o no, me fascinó de inmediato y me puse a investigar al respecto, encontrando poco y nada, más allá de la fuente referida. Eso me gustó más todavía, pues hay que entender que en la llamada “novela histórica” la historia cierta y comprobable debe ser comprendida como escenografía y soporte de la ficción. Si la historia condiciona a la ficción, estamos ante un obstáculo. Esto es: que la historia aporte tiempo y espacio, vestuario, modos de ver el mundo de los hombres de esa época, pero que no le ponga trabas a la imaginación. Por ello son más ficcionalizables las rendijas de los períodos históricos, sus zonas oscuras y hasta ciegas: nos permiten fabular y una novela es, fundamentalmente,  una extensa fabulación. Libertatia, la república igualitaria fundada por piratas, en este sentido y aun en otros se ofrecía como más que adecuado marco para una novela. Luego, intensifiqué todavía más esa libertad pedida por la imaginación, transformando los nombres y algo de las circunstancias que Johnson/Defoe nos ofrece en su A General History…. Así, el capitán Thomas Tew, tal el nombre del pirata que acompañará lucrativamente las aventuras y peripecias de los fundadores de Libertatia, en mi novela se transformó en Thomas Taylor y respecto de los fundadores primeros de la colonia, el supuesto capitán Olivier Misson será en Madagascar Olivier Masson y el padre Caraccioli, referido por el tratado de marras, se convirtió en  fray Antonuzzi. Básicamente los mismos hombres en acción y pensamiento, pero con el agregado de todo aquello que aportó la imaginación para cubrir los extensos baches de la escasa información que llegó a nuestros días sobre sus actos y circunstancias. Justamente,  muy probable, pues resulta admisible que Defoe haya hecho lo mismo con la historia que oyó o leyó (vaya uno a saber cuáles fueron sus fuentes… después de todo, ¿qué importa eso?) antes de redactar su tratado, publicado en 1715, cuando todavía estaba fresco el recuerdo de las andanzas de estos caballeros, tan desventurados como extraordinarios.

En tu obra se permite leer una búsqueda poético-literaria que también abarca lo filosófico y lo político. Madagascar parece postularse como prueba de eso al establecerse como escenario de la civilización utópica en el Siglo XVII. ¿Cómo concebirías esa isla en la actualidad?

Política, económica y sobre todo, penalmente, algo semejante a Libertatia sería imposible de concebir, no ya de realizar, en nuestro tiempo. Debemos tomar en cuenta que la materialización de utopías como ella, si es que de veras eso tuvo lugar, resultaban factibles en esos tiempos gracias a que los Estados no tenían un control tan perfeccionado de los individuos como en el presente y también merced a que todavía quedaban sitios como Madagascar, inexplorados, inexplorables casi según las posibilidades de la época. Eso mismo reza para los piratas, que definitivamente no eran figuras románticas como tantas veces fueron pintados, sino (exceptuando a nuestros amigos del Victorie) genuinos criminales del mar. El mejor ejemplo lo tuvimos hace unos pocos años, cuando en el mismo sitio que nombra la novela, El Cuerno de África, con base en Somalia, se desplegó durante unas buen lapso un auténtico renacimiento de la piratería por parte de irregulares, que saquearon, secuestraron y pidieron rescate por buques mercantes al mejor estilo de los tiempos de Morgan, el capitán Kidd y por supuesto, el capitán Tew, el Taylor de mi novela. En pocos meses las armadas de varios países perjudicados por esas acciones criminales acabaron con el fenómeno de modo radical y definitivo. En los tiempos de los que habla mi novela era imposible controlar los mares así como la totalidad de los territorios. Hoy sí es posible y eso le saca toda posibilidad de existencia tanto a “colonias utópicas” aisladas en sitios remotos e inaccesibles como a neopiratas, por mejor armados que se presenten.

¿Pensás que la utopía, en términos de interpelación constante de los sistemas de dominación, tiene cabida en el mundo actual, luego de siglos de regímenes desiguales?

Definitivamente no, pues la imagen de mundo que ha triunfado en la cultura de masas, desarrollada a lo largo de centurias, ha convencido a la mayoría de que la realidad es una sola, inamovible y esa está al servicio de los intereses más poderosos, con los que las concepciones utópicas -desde Tomás Moro a la actualidad: recordemos que fue decapitado por orden directa de Henry VII en 1535, justamente por objetar la voluntad real- inevitablemente han de chocar. Existe una suerte de “cansancio o fatiga”, de tipo ideológico, una característica del presente y también del pasado más reciente, que nos hace ver los conatos y arranques utópicos como fantasías imposibles. Y en nuestro mundo, lo que la mayoría  cree es lo que la realidad “es”, tanto en las mentes como en los medios. Tendrían que cambiar muchas cosas para que la humanidad -como en los tiempos de Moro (el inspirador del fraile Antonuzzi en mi novela), en el siglo XVII y todavía después también- creyera otra vez en la factibilidad de aquellas o de nuevas utopías.

¿Qué personaje de Madagascar fue el que más te costó construir?

Indudablemente el capitán Thomas Taylor, que tiene un carácter muy complejo. Razona como un tendero, en abierto contraste con los idealistas Masson y Antonuzzi, pero se asocia a ellos como Almirante de Libertatia; es verdad que lo hace por interés, para poder esconderse en la colonia Libertatia después de cada una de sus correrías, pero también es cierto que su asombro ante los postulados y las prácticas de los idealistas utópicos de Libertatia cede por momentos a la admiración, aunque no los entienda acabadamente. Por otra parte, siendo calculador y extremadamente frío, Taylor es además un hombre de acción: participa él mismo de los enfrentamientos y arriesga su vida a cada paso, codo a codo con sus hombres. Es tan capaz de discutir con su carcelero, el comodoro Le Blanc, acerca de los derechos jurídicos que lo asisten, insistiendo con el mayor descaro en que es un honrado comerciante cuando todos conocen que es el sujeto más peligroso que navegó el océano Índico, al mismo tiempo que se muestra turbulento y desmesurado en otros escenarios. Además, Taylor le esconde muchas cosas al lector, asuntos que apenas se insinúan, pero que están allí sugeridos en las páginas de Madagascar. Es parte de su construcción, algo que lo hace más verosímil, pues de la gente real nunca alcanzamos a conocer el 100%. ¿Un viejo truco de escritor? Sí, lo es, pero como todos los viejos trucos, de probada efectividad.

 ¿Hay alguna pregunta que jamás te hayan hecho y sobre la que quisieras hablar?

Lo que no me han preguntado hasta ahora es cómo continúa Madagascar, que tiene un final abierto, eso que fascina y también desespera a muchos lectores. Pero como no es una pregunta que me hayan hecho todavía, tampoco quisiera contestarla aún, dejando la respuesta así, pendiente, también abierta, como el final de la novela.

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