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“El que escribe tiene mucha sensibilidad, y el que lee también: cuando ellas viven los personajes y te marcan cosas que vos no imaginaste de tu propia novela se genera una conexión que para mí es única”.

Charla íntima con Claudia Barzana

Claudia es abogada y ha desarrollado la docencia en la Facultad de Derecho. En una charla íntima, nos contó cómo ingresó a la escritura y el vuelco que esta actividad le dio a su vida, al punto de convertir esa pasión en ocupación full time.  Repasamos sus comienzos y su modo de trabajo: cómo construye la trama, cómo desarrolla los personajes, por qué se inscribe en el género romántico histórico, la relación con sus lectoras, y muchas cosas más. Aquí va la primera parte.

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 ¿Cómo llegó a tu vida la escritura?

Hará no más de 6 años que yo tuve la necesidad de largarme a escribir y sabía que para eso –si bien soy abogada y la historia me gusta–, tenía que saber cómo hacerlo, así que participé de algún taller literario y me compré cuanto librito hubiera: Corrija sin ofenderse, Cómo darle impulso a la novela histórica.  Yo ejercitaba con eso. Quise volcar en mi primer manuscrito una historia que a mí me resultase atrapante leer. Me presenté en distintas editoriales: no conocía a nadie del mercado, no tenía ningún contacto. Busqué en internet las direcciones y empecé a dejar el texto, también en algunos concursos. Más allá de la espera yo no perdía la ilusión, porque lo que buscaba era que alguien dentro del mercado me dijese: “Estás en buen camino”. A mí siempre me interesó tener un crecimiento sostenido, saber que lo estaba haciendo iba bien. Yo iba a poner lo mejor de mí. Cuando envié el manuscrito a Vestales, ellos dieron un plazo y después me dijeron que sí: me propusieron escribir algo más histórico y firmé el contrato y, a los ocho meses, salió Al otro lado del fuego.

¿Cómo te adentraste en el género histórico?

Porque me parece que la historia es muy rica: cuando la editorial me lo sugirió, rápidamente me interesé por la época de Unitarios y Federales. Mientras escribía esa novela y desarrollaba el personaje del indio, me dije: “Él tiene que tener una propia novela”. Pero Al otro lado del fuego era mi primera novela, yo no sabía qué iba a pasar. Al poco tiempo se hizo el Festival de Novela Histórica. Después, al hacer la historia de Ignacio continué y después fui a Masallé: el ataque de Masallé fue el origen de La invención del mañana, que se centra en 1860 y, a mí, me dio mucho oxígeno.  Yo siempre, en cada novela, busco algo nuevo para ofrecer. Cuando investigué todo el auge del ferrocarril decidí que mi protagonista debía ser empresario. Una trama es la ambientación histórica y las perlitas que vas encontrando para conducir la trama: “esto me sirve para tal o cual personaje”. Con la cuarta novela era un proyecto sobre inmigración, el de los friulanos: yo quería hablar de inmigración pero no de la italiana, sino contar algo que efectivamente pasó, el contingente friulano. Quién no tiene un abuelo…todos somos hijos de inmigrantes.

Es la constitución, la idea de nación

Yo voy subiendo de década en década. Ya no me va quedando mucho (risas). Siempre hay temas que podés tratar, siempre y cuando exista una relación efectiva entre lo que vos estás contando. A mí me enriquece muchísimo la parte histórica. Compro mucho en librería de viejo y consigo cosas increíbles.

Hay una librería maravillosa, “El banquete”, donde podes conseguir muchísimas cosas interesantes. ¿La conoces?

Claro. El señor que atiende en “El Banquete” tenía un libro antiquísimo en la casa y me dijo que me lo podía traer. Yo estaba buscando información para Ojos grises: la parte histórica argentina la tenía, pero yo quería encontrar más de París. Yo conozco París, pero es independientemente de si el lector lo ve o lo sabe: yo quiero brindar la mejor ambientación que pueda. Sé la sensación que genera conocer París, pero yo me quiero retrotraer a la época que yo cuento, y para eso me sumerjo en libros que me puedan ambientar: todos los locales y negocios que figuran existieron. Eso es independiente de si al lector le interesa; es una exigencia que me pongo yo. Para dos capítulos de Ojos grises busqué mucho: en MercadoLibre, en la calle. Yo no lo podía creer: “estoy fascinada”, le decía a la editora. Empezás a sumar mucha data y situaciones. A mí la parte histórica me gusta ensamblarla con diálogos, por ejemplo, porque me da más oxígeno. Voy y compro y compro porque siempre pienso que para algo me va a servir.

¿Actualmente estás leyendo algo?

Ahora estoy leyendo historia. El último libro que leí…estoy por la mitad: La chica que dejaste atrás, de Jojo Moyes. Leí La química de Stephanie Meyer, Falco, de Pérez Reverte. Te leo todo pero, en un momento así, me aboco a mis libros y mis resaltadores.

¿Lees al aire libre? En un café, un parque…

Siempre que puedo me gusta tener organizado un lugar que tiene mis cosas, regalos que me han hecho las lectoras, música: ese es mi ambiente. Eso no quiere decir que no pueda hacerlo afuera. El tema es que, como la novela la tengo en la cabeza, no digo “cuando me siente me surge”. Si estoy afuera salgo con mi cartuchera con resaltadores.

En el dentista por ejemplo…

Lo del dentista es increíble: había una parte de Ojos grises a la que le tenía que encontrar la vuelta. Yo sabía qué era lo que quería pero algo me estaba faltando. Yo me reúno con las lectoras: en un té o lo que sea. En uno de esos, dentro de los regalitos que me habían hecho había una libretita re práctica. “A la cartera”: Yo uso todo y le doy mucho valor a cada cosa que me dan porque cada regalo viene con amor y admiración, buscan algo especial para vos. Yo soy una agradecida absoluta a las lectoras porque yo estoy acá por ellas: que te sigan, te lean, te hagan las devoluciones que te hacen.  Iba al dentista, algo muy molesto. Yo soy de la idea de que hay que aprovechar el tiempo y, además, trato de revertir lo malo que te pueda pasar.

Como una resiliencia, digamos.

Claro, porque el momento en que me lancé a escribir fue el peor momento de mi vida. Nunca hablé mucho sobre esto: había perdido a mamá y papá estaba muy grave. Yo lo llevaba al tratamiento de Fundaleu e iba con mi notebook y mis resaltadores. Él leía el diario, y esperábamos. Eran jornadas muy largas. En ese mundo en el que estás, que acompañas, me acuerdo de la imagen de una mamá que le leía a su hijo con leucemia –que no tendría más de ocho años–, Harry Potter. Y yo la vi y dije “eso es un libro”: te acompaña en las buenas y las malas, te permite soñar y volar y te ayuda a pasar algunas situaciones traumáticas. Yo, en ese momento, me iba con todo: por eso puedo escribir en cualquier lugar. Volviendo al dentista, esperé como cuarenta minutos y agarré la libretita: algo comenzó a fluir y escribí una de las escenas que, para mí, fue una de las más conmovedoras. Después pensé: “cómo puedo haber escrito algo en un lugar así, con el olor tan fuerte y característico”. Le dije a mi dentista que yo iba ahí a sufrir y le conté que estaba conmovida, y ella se rio y me dijo que cuando saliera de ahí estaba lista para escribir una escena tétrica. Así que esa libretita… después se enteró la lectora y me trajo otra. Y una amiga me trajo otra. Fue muy gracioso.

Lo que comentabas de las lectoras, las reuniones de té y el Festival de la Novela Romántica. Hace un tiempo, desde Leer y Leer hicimos una encuesta sobre los géneros que preferían, y ganó el romántico. Yo me preguntaba, porque en el mundo de la literatura bien entendida –entre comillas–, el género romántico está relegado. Es un éxito rotundo y un fenómeno que no puede pasarse por alto, independientemente de lo que cada uno piense. Sin embargo, lo que sucede se sostiene por los autores y los lectores, porque no hay mucha recomendación y difusión en suplementos literarios en general, con excepciones como Florencia Bonelli, por ejemplo, pero no es un género que en general tenga mucha cabida en los lugares de prestigio.

Pasa que con Flor y Cristina Bajo surge la novela histórica romántica, y sus carreras son gigantes, por eso…

Claro, pero son las únicas.

Puede ser.

Yo veía en la feria la relación entre tus lectoras y tu hija, por ejemplo, con un nivel de familiaridad e intimidad. Ahí comprendí ese pulmón que motoriza la relación entre lectoras y escritoras y que no es más que el fruto de trabajo e interés que se genera entre ustedes, justamente las autoras y las lectoras.

Claro, yo también soy lectora. Hay un vínculo muy especial, que lo percibo en este género solamente. Hay un ida y vuelta de total agradecimiento hacia la lectora. Es decir, la lectora te lee, tiene ese plus de que te va a ver cuando puede, además te hace la devolución y, por otro lado, el hecho de conectarte con la lectora es el otro lado de la moneda de tu libro. Tu libro sale y vos ya pusiste todo de vos…

Pero desde ahí ya no es tuyo.

Sí, ya no es tuyo: en mi caso particular, mis novelas… no es que las lee una amiga al principio. El primer contacto de mi novela es la editora, y de ahí sale. Yo tengo muchas lectoras que no están en redes, y la gente que está en redes es la otra cara visible de tu libro. Vos te contactás y ahí te enterás de si gustó o no: la otra vez una lectora se comunicó conmigo. Había estado en la Feria y me escribió a las 3 am. Había terminado Ojos Grises: “Te tengo que escribir a esta hora para contarte la sensación que me provocó”. En mi caso, todas han sido sumamente respetuosas, amorosas. Cuando vos organizas un viaje o una presentación te desean suerte, lo mejor y, si saben de alguna amiga que viva cerca, la invitan. Hay una comunión, un respeto entre autora y lectoras. Ellas creen que es al revés, pero no es así: yo soy una agradecida absoluta de esto porque no puedo creer que vengan, que piensen en vos, que te traigan una palabra o una atención. Después vos pasas a ser parte de las situaciones que ellas viven. Hace unos años una lectora me dijo: “Compré tu novela y a mamá la van a operar y yo la voy a empezar cuando salga de la operación”. Otra lectora, una de las primeras –yo no estaba en redes ni nada y era la primera vez que estaba en la Feria–, me dice que no podía venir porque iban a operarla, y yo le deseé mucha suerte. Yo no conocía a nadie en ese momento. Y viene una persona, charlamos  y me comenta sobre el libro y de pronto veo que le cuesta agacharse…

“No me digas que sos vos”.

Y sí. Por eso, te digo que es mágico lo que sucede. Te nutre de un modo…. el que escribe tiene mucha sensibilidad y el que lee también: cuando ellas viven los personajes y te marcan cosas que vos no imaginaste de tu propia novela se genera una conexión que para mí es única.

¿Has cambiado algún aspecto de un personaje a partir del comentario de una lectora, o le diste un giro…?

Comúnmente cuando escribo no voy posteándolo, sino que estoy en el cono del silencio (risas). Pero sí me ha sucedido en casi todas las novelas que, en cuanto las leen, me dicen: “Imagino que escribirás la historia de tal y tal”.

Ya te piden continuaciones

Claro. Además yo no suelo tener escritas cosas previas: escribo una novela y sale, y después continúo con la siguiente. Cuando escribo Lo indómito del espíritu, sentía que Ana Gale debía tener más desarrollo, a veces algo me dice que un personaje tiene que continuar o no. Y lo bueno es cuando coincide con la opinión de las lectoras. Es un tema hacer bifurcaciones. En cada presentación, con cada novela siempre trato mantener el interés y conocer nuevas lectoras. Eso  es fantástico. El otro día me escribió una lectora “Estuve en la feria y yo te dije que era un voto de confianza porque yo tenía todas tus novelas y no había leído ninguna” entonces en dos días me liquide al otro lado y ya estoy con otro. Agradecía muchísimo su voto de confianza, a mí me encanta que esto suceda.

Sos ordenada y metódica.

Sí, pero bueno, quizá si tuviera otra idea me acortaría el tiempo.

Pero también te permite dedicarte de lleno a un libro por vez, vivirlo intensamente, darle el tiempo y el oxígeno que se merece por sí solo.

Sí, pero vos escribís una novela y esperás que guste. Y no lo sabes. Y yo siempre me siento al borde del precipicio… vos podés estar al borde y ver que te vas a caer, y yo me siento caer para volar. Es esa sensación de vértigo, porque vos tampoco sabés… yo estuve nueve meses con la novela en la cabeza. Y los personajes continúan de uno a otro… y es esa sensación que no puedo refrenar, el vértigo que te gusta: desde la portada, que el libro pueda gustar o no…

Pero bueno, viste que en realidad dicen que el vértigo son las ganas de tirarse.

Claro, sí. Es esa la sensación. Son las ganas de tirarse.

¿Te pasa constantemente con toda novela como si fuera la primera?

Lo que pasa es que cuando escribí la primera novela yo tenía mucha presión: pensá que estaba en una actividad que me era ajena, una relación laboral que era nueva para mí. Inmediatamente vino la exposición. Por ejemplo, Inés, que es quien me maneja la página.

Que en realidad es una lectora tuya.

Claro, yo no sabía ni qué era una página. La exposición fue inmediata: la Feria, el Festival, después surgieron invitaciones a otras ferias. Para mí se me abrió una puerta desconocida y nueva totalmente fascinante.

Y se abrió completamente, porque no es que vos te volcaste al mundo de las letras y presentaste y esperaste mucho tiempo. A vos se te dio rápido y en ascenso y la puerta se abrió de par en par: las redes, la Feria, los festivales.

Sí, pero se nota que lo transité… es una pasión tan grande que tengo. Yo estoy muy centrada también en lo que hago y, vuelvo a decirlo, soy una agradecida del ida y vuelta con la gente. Y con la primera novela, cuando salió… yo había firmado contrato por tres novelas y pensaba: “Bueno, ahora me tiene que surgir la segunda historia y después la tercera” (risas), porque además era una por año. Y yo, hubo algo adentro,  “esto es Lo indómito…”. El grado de exigencia con cada novela es muy grande, pero es algo totalmente personal.

Sí, y va de la mano con tu idea de crecimiento sostenido.

Claro. Yo siempre intento darle algo nuevo al lector, no repetirme. Yo necesito desafiarme permanentemente. A veces cuando me cuestan las cosas pienso “por qué me metí en esto”. Le escribo a la editora y le digo: “¿Por qué?”.

(Risas) Claro, “¿Por qué?”, fin del comunicado.

Hubiese sido más fácil meterme en otra cosa, claramente. Yo cuando empiezo un proyecto me tengo que enamorar de los personajes y la trama, tengo que sentir  –todavía me pasa– que estoy dando todo, que esto es lo máximo que yo puedo dar. Es una sensación muy particular. Yo no podría escribir por cumplir: esto es algo profesional y yo tengo que cumplir, pero no pongo distancia, aunque sea profesional en cuanto a plazos. Me apasiono con lo que escribo y busco y le doy vueltas. Me pasó con Ojos grises: dejé una libretita en la mesita de luz y eran la 1 o 2 am  y prendí la luz y escribí de un tirón una escena, porque al día siguiente no tenés la misma intensidad. La palabra es el vehículo para contar la emoción de lo que querés escribir.

El tema es la textura de lo que querés decir, que por ahí viene en un momento en particular que no podés dejar pasar.

Claro, por eso ando por todos lados con resaltadores; de vacaciones también. A veces mi esposo me habla y yo le pongo cara de “ok” y me voy, estoy todo el tiempo, no lo puedo frenar. Mientras me hablan por ahí se me ocurre algo, porque más allá del tiempo que yo escriba tengo la novela en la cabeza, voy generando siempre la idea.

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