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Prejuicios y discusiones en torno al género romántico

El rotundo éxito que tiene el género romántico tanto en el cine como en el ámbito editorial nos despierta algunas preguntas: ¿el público y la autoría es netamente femenino? ¿Es un género cuya concepción de la mujer gira en torno al sometimiento y el final feliz o es una nueva forma de feminismo? ¿Por qué el recelo de la academia? ¿Por qué su ausencia en las recomendaciones literarias de los más prestigiosos medios? ¿Es un género de calidad literaria inferior? ¿Quién lo dice?
Para comenzar a desenredar, es útil pensar qué se entiende por novela romántica. De acuerdo a la asociación de Escritores Románticos de América: “La historia debe centrarse en la relación y el amor romántico entre dos seres humanos”. Como en toda novela, debe haber un conflicto y un clímax. El conflicto debe centrarse en la historia de amor. Y es durante el clímax de la misma, que los personajes encontrarán la forma de resolver sus conflictos para llegar a un final que, siempre, debe ser feliz.

Bien, contamos con una primera aproximación. De todos modos, dentro del romance nos encontramos con diferentes subgéneros: histórico (como La invención del mañana, de Claudia Barzana), paranormal (The Vampires Diaries, de L. J. Smith o Los tres nombres del lobo, de Lola P. Nieva), contemporánea (El rey del ébano, de Cándida Amaral), suspenso (El maldito, de Adriana Hartwig), erótico (Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James), etc. Podríamos decir que la novela romántica evolucionó al punto de convertirse en un fenómeno que rearticuló, por ejemplo y entre otras cosas, la organización de las editoriales, las ventas y los lectores: nuevas historias y personajes que han decidido plantarse y darle pelea a los prejuicios que sobre ella se tienen. ¿Cuáles son?

1. La novela romántica es solo para mujeres

Los autores

Las figuras icónicas del género romántico suelen ser mujeres, es cierto: pensemos en Danielle Steel, Florencia Bonelli, o E. L. James, cuya novela, Cincuenta sombras de Grey, fue un éxito de ventas y taquilla. Sin embargo, cada vez hay más autores masculinos –muchos de ellos con evidente éxito–: Nicholas Sparks es uno de ellos, también Marc Levy. También es interesante el fenómeno de Fabio Lanzoni, modelo italiano cuya fama comenzó al ser la portada de muchas novelas románticas, al punto de, en 1992, lanzarse a la escritura y publicar varias novelas. Es inevitable para los autores la pregunta por la elección del género, por la preeminencia de mujeres. Tal es el caso de Antonio Sanz Oliva, autor de Papel de Armenia, que sostiene que “ser hombre no tiene ningún valor a la hora de escribir romántica, no aporta nada, excepto la capacidad individual de construir buenas historias. Si no se dedican más hombres es quizá por un prejuicio sobre el mal llamado género rosa. Parece que si eres hombre tienes que dedicarte al género negro y eso no es así” [1].  José Luis Ibañez Ridao, periodista especializado en información literaria y editorial, explicaba en 2014 que: “Una novela escrita por una mujer y protagonizada por una mujer tiene un 40% más de posibilidades de convertirse en un éxito de ventas que cualquier otro libro. Si es una historia romántica o de trasfondo sentimental, las posibilidades se multiplican”[2]. A partir de esta sentencia, se entiende que Leigh Greenwood (autor de la saga Seven Brides) expresara que “la romántica se percibe como si tuviera que ser un género femenino, así como los westerns y la acción/aventura son percibidas como si tuvieran que ser un género solo de hombres. Consecuentemente, todos los hombres que escriben romántica (no soy el único) son casi obligados a utilizar un nombre que suene femenino. Hace veinte años esto no era una condición sine qua non. Desde entonces, unos pocos hombres se han atrevido a publicar romántica bajo sus propios nombres, pero no han prosperado. Yo quería un hombre que se pudiera usar tanto como hombre como mujer, por eso escogí Leigh” [3].
Los escritores no han tenido un camino fácil y han tenido que hacerse lugar en un género en el que predominaba la autoría femenina. Afortunadamente para la riqueza y heterogeneidad del texto romántico los hombres cada vez más se han animado a escribir, publicar, usar su nombre y, al día de hoy, a muchos de ellos los acompaña el éxito junto con una legión de lectores/as que, a cada instante, están al tanto de las novedades, las sagas, las próximas publicaciones.

Los lectores

Todos hemos escuchado alguna vez opiniones masculinas acerca de “la novela rosa”: es para mujeres, no hay cabida ahí para los hombres. Sin embargo, por suerte y en paralelo con la proliferación de escritores, los lectores también se han animado a admitir su gusto por este tipo de novela (aquellos que lo ocultaban que, claro, los había) y aquellos que no habían incursionado en la lectura se han dado la oportunidad. “De cada cien mujeres solo tengo un lector varón”, dice la escritora Florencia Bonelli, aunque Casañas asegura que a ellos “también los enganchó el romance. Sé que muchos hombres nos leen pero no dicen nada”.[4]
También, la escritora Lily Perozo reconoce que “A pesar de que la mayoría son mujeres, también cuento con lectores, y les gusta mucho, porque se sienten identificados con los personajes masculinos, porque no son el típico chico idealizado, mis personajes masculinos suelen ser muy reales, con vicios, malos estados de ánimo, algunos tienen más defectos que virtudes, pero, sobre todo, son muy humanos. Además de que mis historias suelen tener cierto grado de suspense que atrapa la curiosidad del género masculino.” [5]

2. Concepción de la mujer

¿La novela romántica consiste en la presentación de la historia de amor entre un hombre fuerte y dominante y una mujer que se enamora y, vulnerable, queda a su merced? No escasean las discusiones al respecto: en una época en la que se ha visibilizado aún más la lucha por la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer, ¿qué lugar le cabe a esta dinámica? ¿Las novelas románticas se quedan ahí, en esa línea de no-discusión? En general, el imaginario sobre el desarrollo de una novela romántica nos hace pensar en un hombre atractivo y poderoso, que se enamora de una mujer vulnerable en algún aspecto (económica o emocionalmente). Desde este punto de vista el romance se encuentra, desde el inicio, mediatizado por una desigualdad: en Reading The Romance , Janice Radway sostiene la idea de que tradicionalmente la novela romántica se ha considerado un producto cultural perpetuador del modelo patriarcal y la alienación de la mujer. De hecho, entre los prejuicios que históricamente han circulado, se entiende el género como “novelas para amas de casa”. En el caso de las novelas histórico-románticas, Claudia Barzana sostiene que “en la mayoría de las novelas de ese género se describe a la mujer con las características y limitaciones de la época narrada”.[6]
Por otro lado, existen numerosas novelas cuyas protagonistas se caracterizan por ser mujeres fuertes, empoderadas e independientes que problematizan la cultura patriarcal: es el caso de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, cuya aparición en 1847 causó revuelo en una época en el que el rol secundario de la mujer no ofrecía ningún tipo de cuestionamiento; recordemos además a Jo March, en Mujecitas, como un personaje que se abre a un mundo laboral e intelectual dominado por hombres; también en La casa de los espíritus, de Isabel Allende que, aunque además tenga rasgos del realismo mágico, ellos se encuentran mezclados con lo histórico-romántico. La figura de la mujer se va a asimilar a través de diferentes generaciones, con su contexto y posibilidades o no de realización, hasta llegar a Blanca, cuya importancia radica en ser producto de ese devenir generacional y convocar la expresión del espíritu revolucionario.
Lolita Copacabana, editora de Momofuku señala que “si bien estos consumos son un síntoma de cierta necesidad de refugio o alivio, no necesariamente implican una concesión ideológica, sino más bien el retorno de algo reprimido: la diferencia que subyace a la exigencia de igualdad”. [7]

3. Desprestigio del género

“El año pasado, no recuerdo qué suplemento literario hizo una nota tremenda del género de la novela romántica y la histórica, destruyendo a las lectoras y a Florencia Bonelli, que es una especie de estandarte del género”, recuerda Florencia Canale.[8]
No es novedad la poca y nula preferencia que los suplementos culturales tienen con las novelas románticas. Esta actitud desoye el apetito de un público que crece día a día. Por otro lado, el éxito de ventas del género romántico se acrecienta año a año: de acuerdo al diario El País, ya en 2007 en España el género acaparaba el 6% de todo el mercado editorial [9]; en Argentina las tiradas tienen un piso promedio de cuatro mil ejemplares, y las segundas y terceras ediciones se encuentran más que aseguradas. El público lector de novelas románticas es, ante todo, fiel y es el primero que lucha contra todos los prejuicios que se tienen de ella; de hecho, en Santiago de Compostela, la librería Madame Bovary se erigió exitosamente a partir de una única premisa: vender solo novela romántica [10] . Por otro lado, y nacido de la necesidad de reconocimiento de los autores y lectores, el Festival de Novela Romántica se ha erigido en dos ediciones: en el Centro Cultural Recoleta, en 2013, y en el Centro Cultural, en 2015 y cuenta además con una librería online.
El género romántico es diverso: diferentes temáticas y subgéneros presentan un abanico heterogéneo de personajes femeninos que cuestionan o no un orden cultural establecido. El reconocimiento de su éxito en las ventas es innegable, así como el lugar que, de a poco, se han hecho los hombres, en tanto autores y lectores.

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