Literatura

Leer y escribir, escribir y leer

Por Ezequiel Dellutri

Los decálogos de escritura son todos iguales. Cada tanto aparece alguna idea nueva, pero si uno la piensa bien, no es más que la reformulación de una anterior. Cuando se intentan trasmitir los principios del arte de la escritura, la cosa se transforma en mera artesanía, lo que no está mal si se asume como una reducción.

Decía: los decálogos de escritura me parece un poco inútiles y, estoy seguro, resultan siempre redundantes. Una de las cláusulas irrenunciables de estas listas es que para escribir hay que leer mucho, mucho, mucho.

No seré yo quien reniegue de la necesidad de leer para poder escribir. Soy, creo, un lector desordenado y persistente. No me jacto, como Borges, de mis lecturas; tampoco de lo que escribo. Creo, sí, que hay dos formas de escribir. Seré taxativo en lo que sigue, aunque no debería; voy a reducir algo que no puede ser reducido: la literatura. Es decir, me comportaré como un crítico. No es que me guste: es la forma de hacerlo.

Entonces, hay dos maneras de escribir: desde lo ya escrito o desde lo experimentado. Y la mentira de mi teoría es esta: esa forma de ver las cosas parte la literatura en dos.

Hemingway, por poner un ejemplo que se me viene a la cabeza, escribía desde la experiencia directa. Convertía la realidad en literatura y eso es prodigioso: nada tan alejado de la realidad como la literatura, tan subjetiva ella, tan abstracta, tan perniciosamente personal. Hay un trabajo ahí que encuentro admirable: ¿cómo evitar contaminarse con la experiencia? ¿Cómo partir de ahí y lograr el objetivo de un escritor, es decir, que la literatura se imponga sobre la realidad? Hay, claro, recursos. No es mi objetivo ser exhaustivo, pero el lector más o menos detallista sabrá de qué hablo.

Borges, por poner otro ejemplo que también se me viene a la cabeza, escribía desde la lectura… ¿quién lo duda? No su vida, sino lo que nos cuentan de su vida, es la perfecta metáfora de esta idea: el ciego que no puede ver más que hacia adentro, hacia su biblioteca personal, hacia la jactancia, otra vez, de lo leído antes que de lo vivido.

Pero, ¿se puede escribir desde lo leído? ¿No es un poco como construir sobre ha construido? Y acá el desafío me gana de nuevo, porque digo: ¿qué hay más difícil, más complejo, que imponer la literatura a la misma literatura?

Pienso, por ejemplo, en la obra que con pasmosa lentitud construye un escritor como Ezequiel Bajder. Ya desde Inventario para un robo, su primera e inhallable novela, la escritura se transforma casi en una burla: creemos leer la experiencia, pero esa experiencia no es tal o, si lo es, está encerrada en un juego que roza el plagio, un robo que se impone desde el título: pensamos que se trata del hurto de una simple mochila, pero en rigor es otro, mucho más astuto, del que somos cómplices involuntarios. Como un prestidigitador, Bajder hace su truco frente a nuestros ojos, casi diciéndonos que no lo puede hacer más despacio.

En su novela inédita Todo en un cuarto, nuestro escritor juega con otras cartas. Presunta novela romántica escrita por un editor de novelas románticas como es en la pedestre realidad Bajder, Todo en un cuarto hace de la ironía su materia literaria. La experiencia del enamoramiento y el erotismo se convierte en otra cosa: la búsqueda de un film romántico perdido hace años permite al narrador, crítico cinematográfico, contar a su modo blockbusters del género e intercalar los sermones de un pastor protestante que escapa, como todo en Bajder, a cualquier tipo de lugar común. La ruptura con la realidad, que en la literatura tradicional se efectúa por la irrupción de lo sobrenatural, acá se da por la variedad de registros, pese a que todos son, en la ficción y en la realidad, propiedad de la misma persona.

Por fin llegamos a la tercera novela de Bajder, La gala. Podría, creo, embarullar este artículo intentando explicar qué es La gala, pero les dejo este abordaje de Sebastián Chilano que trasmite con claridad lo que se percibe al leerla.

En La gala, Bajder empieza jugando con el entrecruce de géneros literarios: policial, pastoril, pornográfico. La descripción, que figura en la tapa del libro, es alocada pero exacta. Los cruces de géneros son frecuentes, cosa que Bajder sabe bien –él mismo lo explica en el artículo “El policial como género portátil”–, pero acá la apuesta es más compleja porque, ¿cómo homogeneizar la mezcla? La respuesta es tal vez el mayor acierto de la novela: la amalgama se da partir de la construcción de un lenguaje propio, diferenciador, que lleva al límite la sintaxis del español como nadie lo había hecho antes.

Dije antes: homogeneizar. Dije también que Bajder lo logra a través de jugarle y ganarle una pulseada al lenguaje. Pero la pura verdad es que no intenta homogeneizar. Porque cuando nos ha demostrado que puede hacerlo, genera una ruptura tan drástica e inesperada que el lector tiene dos opciones: o tira el libro, o entra en el juego sin reglas que propone el autor.

¿De qué se trata La gala? Como toda novela policial, de un crimen. Pero sobre todo, se trata de lo que la literatura puede hacer cuando se vuelve sobre sí misma. No hay nada fácil en la lectura de La gala, pero a pesar de eso, ninguna novela demanda tanto la complicidad del lector. No se puede leer La gala desde el preconcepto, desde lo esperable, desde la tendencia; no es una novela que reflexiona sobre el lenguaje: es literatura que le quiebra el brazo al castellano y a la literatura.

Estamos frente a un experto en poner en una situación complicada al lector, en alguien que escribe casi como un torturador o un secuestrador, buscando doblegarnos, intentando forzarnos al síndrome de Estocolmo. Sin embargo, la dificultad que propone su lectura no es un alarde ni un tecnicismo. Bajder lo hace porque puede hacerlo; quien piense que es sencillo escribir un libro como La gala se equivoca, y se equivoca feo. Pero más allá de eso está el hueso de la cuestión, porque la escritura de Bajder no es mera jactancia: es ante todo una apuesta literaria profundamente meditada. No se trata de la escritura que se piensa a sí misma; se trata de la literatura transformándose en una máquina Goldberg de puras palabras.

Para terminar: lo que hace Bajder es, a mi entender, literatura de la buena, la que sale cara, la que no te regalan nunca, ni siquiera la primera vez.

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